¿Nueva derecha o nuevo discurso?

Por Equipo de Agitación y Propaganda |

¿Nueva derecha o nuevo discurso?

I

Uno de los tantos efectos que tuvo la división de los partidos políticos de Chile Vamos a la hora de votar la reforma constitucional que permitió el retiro del 10% de los fondos de pensiones, fue el de reavivar el debate en torno a la pregunta de si estamos asistiendo al parto de una “nueva derecha”. Nos parece que el debate es del todo interesante, en tanto las tensiones internas de la coalición política han derivado en calientes polémicas al interior del sector, y a la vez, la respuesta negativa o afirmativa a la pregunta implica un elemento importante a la hora de caracterizar el período histórico, sus potenciales, límites y amenazas. No en balde intelectuales ligados a la política se han aproximado al problema por uno u otro medio, como Gonzalo Müller, Fernando Atria y Hugo Herrera, entre otros.

Hugo Herrera parece ser quien ha dado una respuesta más elaborada al problema, puesto que llevó el objeto de estudio al terreno académico. Su planteamiento central es que aquello que parece nuevo en la derecha política es, en realidad, el resurgimiento de la “centro derecha política e histórica” que fue desplazada por la joven derecha “chicago-gremialista” en el marco de la Dictadura Cívico-Militar. A diferencia del “chicago-gremialismo” y su ideología “economicista”, estos actores estarían caracterizados por su diagnóstico politicista de los conflictos sociales, a partir de diferentes vertientes ideológicas, como el liberalismo-laico, el socialcristianismo, el nacionalpopulismo, etc. Es decir, para los primeros el orden estatal estaría generado por el orden económico, mientras que para los segundos esa ecuación estaría dispuesta al revés. En función de lo anterior, Herrera sentencia que la reposición de la centro-derecha histórica y política en el sector, es la única posibilidad que la totalidad del sector tiene para enfrentar los desafíos del nuevo período.

Sin duda es un planteamiento coherente. Sin embargo, pensamos que su respuesta de fondo es bastante ambigua, puesto que no responde a los problemas más fundamentales: ¿qué implicancias tienen esas divisiones ideológicas en las prácticas políticas?, ¿qué consecuencias concretas tiene en los proyectos nacionales, en los programas políticos, en la política de alianzas?, etc. El vacío respecto a estas preguntas da para pensar que las únicas consecuencias prácticas son de orden discursivo y que, por lo mismo, estaríamos asistiendo más al parto de una nueva (o vieja) retórica que a una derecha con un proyecto nacional alternativo o disruptivo respecto al del “chicago-gremialismo”.

Invitamos al/a lector/a a observar el problema más detalladamente.

II

La aseveración de Herrera de que existen “dos, varias derechas, no solo una” es el problema central a resolver. Como vimos, el autor señala que por sobre las diversidades ideológicas, el elemento que divide a la derecha son las ópticas economistas y politicistas. En sus palabras, se trata de un “problema hermenéutico”, de formas de interpretación de la realidad. Frente a esa afirmación, cabe preguntarse si esa diferencia implica cuestiones relevantes a la hora de evaluación del orden social vigente y proyección de un orden social deseado, y la vez, de la propuesta de un camino para alcanzarlo. Pues, de no ser así, se trataría de que los actores llegan a los mismos resultados por distintas vías, lo cual relativizaría seriamente la relevancia de la distinción frente a su relación con los demás actores -como partidos políticos, gremios empresariales, las masas, etc.- que protagonizan la crisis.

En nuestra humilde mirada, esa “centro-derecha política e histórica” aún no ofrece nada que pueda ser leído como un proyecto alternativo al del “chicago-gremialismo”, ni tampoco da visos de estar en esa dirección. Si así fuera, sería posible constatar aquello en las propuestas referentes a la reconfiguración de las características centrales del Estado y el patrón de acumulación vigente, o bien, en el terreno de las alianzas políticas. Hasta ahora no vemos un giro en alguna de esas dimensiones por parte de la “derecha política e histórica”, ni en Desbordes ni en Felipe Kast. Por supuesto, sería negar la realidad desconocer las diferencias tácticas entre los actores, en tanto es visible que para unos la modalidad de contención de la crisis es la retórica reformista mientras que para otros debe ser abiertamente reaccionaria. En efecto, se observan matices, pero no mucho más que eso.

Ese mismo fenómeno que se aprecia en la política puede encontrarse en las propias afirmaciones de Herrera. Su anhelo de imponer una lógica de interpretación politicista al conflicto social en el seno de la derecha no busca romper completamente con el “economicismo”, sino más bien complementarlo con lo que él considera un buen arte político. Esto se demuestra cuando señala que, con todo, la crítica al economicismo no debe derivar en una crítica “a la economía”, asimilándola como un orden natural pre-establecido, ajeno a la lucha de intereses y voluntades que se verifica en la política. Por lo mismo, el centro de la reflexión está en el lenguaje político que debe tener el Estado para resguardar el orden social, el cual hoy no estaría a la altura debido a que los intereses corporativos han quedado desnudos gracias al lenguaje economicista, y que para lograr su cometido debe reponer la noción de algún sentido de unidad y destino de la comunidad nacional por sobre el individualismo.

En ese sentido, Herrera parece encarnar en el terreno académico lo que la “nueva derecha” en la política: la renovación del lenguaje, del discurso y los estilos políticos. En ambos casos, las formas son el fondo, las percepciones son mucho más importantes que los hechos concretos, y de pronto, el lenguaje transforma la realidad. Ahora bien, el fenómeno no es extraño si se toma en cuenta las notas de Antonio Gramsci respecto a los períodos de crisis orgánica o crisis de hegemonía, en tanto el ejercicio de la dominación de clase se vuelve verdaderamente complejo, y sus facciones deben reorganizar un proyecto que no sólo cumpla con sus intereses corporativos, sino que también pueda presentarse como propuesta civilizatoria que permita la aceptación relativa de las clases dominadas y no la simple cohersión.

III

Sin duda hay más aristas de la propuesta de Herrera que son interesantes y que podrían discutirse en profundidad, cuestión que no haremos por razones de extensión. Por ejemplo, es el caso de la relevancia que otorga a la relación que tiene el pueblo con su territorio a la hora de producir legitimidad estatal, o bien, su crítica al “moralismo político” de Fernando Atria. Esas discusiones quedan pendientes para otra ocasión.

Para efectos de este escrito, sólo nos interesa abrir un último debate que nos parece relevante como complemento a lo que ya hemos sostenido. ¿En qué medida ese pasado derechista pre-gremialista o pre-UDI en el que escudriña Herrera está cargado de elementos fecundos para un nuevo proyecto nacional, para algo que esté más allá de una renovación discursiva?. Los estudios historiográficos más recientes e interesantes acerca de ese actor, como los de Verónica Valdivia o de Marcelo Cavarozzi, parecen demostrar que los logros del orden estatal y social pre-pinochetista se produjeron mucho más a pesar de ese actor que gracias a él, así como también que sus credenciales democráticas se desvanecieron una y otra vez en función de los momentos de alta movilización popular o de los giros de la política exterior norteamericana, y por último, pero no menos importante, que los gérmenes del proyecto impuesto en la Díctadura Cívico-Militar también estaban en el seno de esa derecha ajena al gremialismo de Jaime Guzmán.

Fuentes:

– Hugo Herrera. Derecha economicista y centroderecha política en Chile https://ciperchile.cl/2020/07/04/derecha-economicista-y-centroderecha-politica-en-chile/.