Manuel Rodríguez: todo por la patria

Por Ernesto Guajardo |

Manuel Rodriguez
A 200 años de su asesinato, recordamos a Manuel Rodríguez, el insurgente.

Desde el momento de su asesinato hasta hoy, la figura de Manuel Rodríguez ha estado tensionada entre el mito, la leyenda, y lo propiamente histórico. Esto ha llevado a que no siempre se distinga con claridad lo histórico de lo legendario; junto con ello, también ha permitido que se construyan concepciones rígidas para representar la participación de Rodríguez en la revolución de la Independencia. De este modo, por ejemplo, se le suele reducir a su participación en la guerra de zapa, durante la Reconquista, entre 1815 y 1817 o bien a su brevísimo periodo como Húsar de la Muerte, en marzo de 1818. En términos generales, se le presenta como un individuo de acción, pero no siempre se hace referencia a su ideario, a las opiniones y concepciones que fue desarrollando Rodríguez en el proceso revolucionario.

En esta ocasión con motivo de conmemorarse los 200 años de su asesinato nos parece pertinente comentar las ideas que podemos conocer de él, y que han llegado hasta nuestros días en una serie de cartas y proclamas, escritas por Rodríguez el año 1816.

En primer lugar, es interesante constatar la importancia que le daba Rodríguez a una correcta caracterización de la sociedad chilena de ese entonces: las clases y capas sociales que la componen, su situación económica, su comportamiento político, son elementos que se preocupa de detallar. De este modo, él describe al menos tres estamentos: la nobleza, la capa media y la plebe. La opinión que tiene de cada uno de ellos es categórica, y la reitera en diversas cartas, lo que nos indica que dichas reflexiones no cambiaban con el tiempo.

De la nobleza señala:

 

“Es muy despreciable el primer rango de Chile. Yo solo lo trato, por oír novedades, y para calificar al individuo sus calidades exclusivas para el Gobierno. Cada caballero se considera único capaz de mandar. No quieren Junta, por no dividir el trono. Pero lo célebre es, que en medio de esta ansia tarascal, se lleven con la boca abierta, esperando del Cielo al Ángel de la Unión” (Carta de Manuel Rodríguez a San Martín, 13 de marzo de 1816).

 

“La nobleza es tan inútil y mala como el estado medio, pero llena de buena fe y de reserva hacia el enemigo común; mas tímida y falta de aquella indecente pillería, no le encuentro otro resorte que presentarles 10.000 hombres á su favor, cuando solo tengan tres en contra”. (Carta de Manuel Rodríguez a San Martín, 25 de marzo de 1816).

 

“La nobleza se llena sin protestar su preferencia á los moros, que á vivir con los españoles y se entiezan.

Pero en proponiéndoles un plan ó remedio, en presentándose un hombre, que lo desea, en publicando el enemigo alguna providencia, ó tocándoles la puerta un ministro de la vigilancia, ó del gobierno; tiemblan, le besan los pies, dan la poltrona y no perdonan humillación, ni bajeza”. (Carta de Manuel Rodríguez a San Martín, 8 de noviembre de 1816).

 

Este desprecio hacia el sector más acomodado del país podría tener su origen en las dificultades económicas que tuvo Rodríguez, mientras estudiaba en la universidad, sin embargo, considerando la época en que escribe esta misiva, su preocupación es más bien política: busca describir las cualidades y el comportamiento de la nobleza ante el movimiento independentista. ¿Cómo es este sector socioeconómico, según Rodríguez? Individualista, ególatra, cobarde y acomodaticio. En efecto, la nobleza se veía a sí misma como el único actor social capaz de dirigir el país, pero, al mismo tiempo, no se involucraba de manera efectiva en la lucha que se llevaba a cabo. La estabilidad, el bienestar, la seguridad, eran valores superiores, incluso, a la obtención de la libertad política. “Muy melancólicamente informará de Chile cualquiera que lo observe por sus Condes y Marqueses”, le había escrito Rodríguez a San Martín, el 13 de marzo de 1816.

Respecto de la capa media, su opinión tampoco es de las mejores:

 

“La gente media es el peor de los cuatro enemigos que necesitamos combatir. Ella es torpe, vil, sin sistema, sin valor, sin educación… y llena de la pillería más negra. De todo quieren hacer comercio, en todo han de encontrar un logro inmediato y sino adiós promesas, adiós fe; nada hay seguro en su poder, nada secreto”. (Carta de Manuel Rodríguez a San Martín, 25 de marzo de 1816).

 

“El pueblo medio es infidente y codicioso. De todo quiere sacar lucro pronto, en todo meterse y criticarlo. Pero torpemente con borrachera, con desbarato y sin utilidad”. (Carta de Manuel Rodríguez a San Martín, 8 de noviembre de 1816).

 

El hecho de que la capa media subordine su participación en la lucha revolucionaria a la ganancia que pueda obtener en dicho proceso la convierte en un actor social sin valores, sin un sistema de ideas y creencias, por ello, tampoco puede ser un sector fundamental en el cual se puedan depositar los destinos del proceso independentista: es un sector que no logra pensar más allá de sí mismo, le resultan ajenas las nociones de comunidad, de nación, salvo, por cierto, que ellas le reporten ganancias inmediatas.

Rodríguez deposita su confianza únicamente en la plebe. Pero no es una certidumbre absoluta, es claramente consciente de las condiciones socioeconómicas y culturales que determinan a dicho sector:

 

“…la plebe es de obra y está por la libertad con muchos empleados y militares”. (Carta de Manuel Rodríguez a José de San Martín, 13 de marzo de 1816).

 

“La borrachera y facilidad de lengua que tachan gradualmente á la plebe y á las castas, nos impiden formar planes con ellos y aprovechar sus excelentes calidades en lo demás. Pero son de obra, están bastante resueltos y las castas principalmente tienen sistema por razón y echan menos la libertad; todos los artesanos desesperan, faltos absolutamente de quehacer en sus oficios”. (Carta de Manuel Rodríguez a José de San Martín, 25 de marzo de 1816).

 

“Los artesanos son la gente de mejor razón y de más esperanzas”.

“La última plebe tiene cualidades muy convenientes. Pero anonadada por constitución de su rebajadísima educación y degradada por el sistema general que los agobia con una dependencia feudataria demasiado oprimente, se hace incapaz de todo, si no es mandada con el brillo despótico de una autoridad reconocida. El clamor general de los campos, su pobreza y su desesperación no tienen primeras”. (Carta de Manuel Rodríguez a José de San Martín, 8 de noviembre de 1816).

 

Existe algo que reitera Rodríguez en su descripción de la plebe: es de obra, es decir, está dispuesta a la acción, pero no solo porque adhiera a la causa de la libertad, sino también por las durísimas condiciones socioeconómicas a las cuales se encuentra sometida. A diferencia de la capa media y la nobleza, la plebe no puede buscar ganancia alguna ni tampoco aspirar a una seguridad inexistente para ella; los integrantes de la plebe, en realidad, no tienen nada que perder y mucho por ganar, pero de manera colectiva.

Fue quizás teniendo esto en mente que Rodríguez, el 23 de marzo de 1818, dictó un bando en el cual le prometía a los soldados patriotas “todas las haciendas, ganados y aperos secuestrados a los enemigos de la causa pública…, todas las propiedades, muebles y semovientes que por derecho de la guerra pueda pertenecer o adquirirse por el Estado”. Para esto, nombraba en comisión al Estado Mayor del Ejército, quien procedería “a repartir las tierras” y ganados en “proporción del número y mérito de los agraciados”. Por cierto, este bando de reparto de tierras nunca se cumplió.

¿Quería algo para sí mismo Manuel Rodríguez? ¿Qué ganaba él participando en la guerra de zapa, clandestino en Chile, con una oferta de 1.000 pesos por su captura, vivo o muerto? El 8 de noviembre de 1816 le escribe a San Martín, confesándole sus aspiraciones:

 

“Vamos á mi negocio. Me da vergüenza. Pero es preciso. Lo pensaré. Va á cumplir un año que debió tener efecto la promesa de usted de hacerme secretario de su ejército. Pido la ejecución y que me substituya en el ejercicio alguno de mis hermanos. Deseo que ellos tengan por Dios que comer.

Aunque no codicio empleos, debo advertir á usted que las circunstancias y el efecto de nuestras empresas por el bien público han exigido jactarme de su amistad y entre otros modos con esa promesa me alegraría convencer cumplida mi palabra que aprecio soberbiamente, mi amigo. Reducido Chile necesito descanso y no quiero más vida pública. Así crea usted que no haré gravamen de sueldo, ni estorbaré una vacante para los más dignos. Sírvase usted revalidarme en su tropa mi grado militar ó aumentarlo si es pródigo”.

 

No pide un cargo público, ni un sueldo, ni disputar un puesto si hay alguien mejor que él. Incluso, el cargo que ya tenía asignado, como secretario del ejército, solicita que sea entregado a alguno de sus hermanos, refugiados en Mendoza.

Antes de ingresar clandestinamente a Chile, para incorporarse a la guerra de zapa, Manuel Rodríguez escribió algunas proclamas en Mendoza, dirigidas a sus compatriotas, al interior del país. La vehemencia de esas palabras resuena hasta el día de hoy:

 

“¿Qué pared no ha colorado la sangre de sus hermanos? ¿Qué calle no ha barrido sus cuerpos exánimes y aun vivos? ¿Cuál de vuestras casas no siente una privación, un desastre y cien millones de negras injurias? Ponedlo enfrente de esta muralla nevada. Hacedlo abrir los ojos hasta donde alcanza la vista. Representadle que muchos de vuestros hermanos se nos separan por la redondez entera del medio globo y el que más inmediato nos tiende las manos al otro lado de tan gruesos montes. Si su sucia indolencia es mayor que todo, si nada le conmueve, tiradlo con desprecio á hartarse de esa cochina vida entre los detestables ministros de sacrificios tan imponentes. Por mí os juro que mientras mi patria no sea libre que mientras todos mis hermanos no se satisfagan condignamente, no soltaré la pluma ni la espada, con que ansioso acecho hasta la más difícil ocasión de venganza. Os juro que cada día de demora se doblará este deseo ardiente para sacar de los profundos infiernos el tizón en que deben quemarse nuestros tiranos y sus infames, sus viles secuaces”.

 

Como hemos visto, no solo se limitó a convocar a los patriotas a retomar la lucha en contra de los realistas, quiso hacer de sus palabras acciones concretas.

Cumplió así, de manera íntegra, con lo que él mismo había dejado por escrito en una de sus cartas: “No quiero desamparar a Chile, hasta morir, o verlo libre”.