Para la paz: autodeterminación nacional del Donbass

Por Movimiento Dignidad Popular |

Ningún acontecimiento histórico, por lejano que sea, nos es ajeno.

En todo proceso político que tiene lugar en cualquier parte del mundo, está involucrada la clase trabajadora y en determinadas condiciones, como las que vivimos, pueden impactar a la clase trabajadora global. La hegemonía del imperialismo estadounidense -y sus instrumentos (como la OTAN o la OEA)- propicia que procesos locales y regionales devengan en asuntos mundiales.

Tenemos necesidad e interés de comprender los procesos que inicialmente aparecen como ajenos, así como de tomar posiciones claras al respecto.

Lo cierto es que en Chile, al igual que en la mayoría de los países “occidentales” no contamos con toda la información necesaria. La prensa perteneciente a los conglomerados oligopólicos está completamente alineada con la campaña comunicacional mundial del EEUU. La profundidad de la conversación y la variedad de opiniones se ve solo en excepciones y no como regla; la más de las veces, impera la propaganda y la de peor calaña: esa que solo pulsa sobre las emociones. Y también en Chile como en estos otros países, una buena parte del sector político que por definición debiese ofrecer claridades al respecto -la izquierda- se ha alineado, matices más o matices menos, también con el imperialismo norteamericano, aun cuando es el principal enemigo de sus pueblos.

La intervención militar de Rusia en territorio ucraniano, a priori, podría parecer el peor de los escenarios posibles, hasta para los intereses de la propia Rusia. Una locura de Putin y nada más. Si indagamos más profundamente, caeremos en cuenta de que pese, a no ser una solución agradable, es la única solución que Rusia tenía a la mano. Así mismo para unos seres humanos de los que se habla poco: la población del Donbass.

Retrotrayéndonos unos meses atrás, nos encontramos con denuncias ante la ONU por parte del ejecutivo ruso y de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa de las violaciones del Estado ucraniano al alto al fuego pactado en los acuerdos de Minsk sobre los territorios del Donbass. En las dos semanas precedentes a la operación militar rusa, se contabilizaron, 15.000 violaciones de este alto el fuego. Por alguna razón, los bombardeos casi diarios no tocaron el corazón de la prensa ni de la izquierda proyanqui de la misma manera que cuando el Ejército ruso cruzó la frontera. Últimamente se ha revelado información acerca de la intención de Ucrania de lanzar una ofensiva sobre las repúblicas de Lugansk y Donesk en la primera semana de marzo. No había, en ningún sentido, paz en el territorio ucraniano antes de la incursión rusa.

En paralelo a la violación de los acuerdos de Minsk, nos encontramos con la voluntad de la OTAN de incorporar a Ucrania a sus filas, lo cual supondría la instalación de un nuevo sistema de misiles de largo alcance apuntando hacia Rusia, que lograrían hacer blanco en nada más que 7 minutos. Decimos nuevo, porque acompañaría a la artillería de cohetes que con ese propósito se ha instalado en la periferia rusa por la vía de la incorporación a la OTAN de varias repúblicas ex-socialistas desde la disolución de la Unión Soviética, cuestión que -de hecho- ya violaba los acuerdos entre EEUU y Rusia allá por 1991.

No existe ninguna duda de que esta guerra, como la mayoría, tiene como trasfondo la expansión económica y el monopolio de recursos naturales, y sin embargo hay más. La guerra es tan económica como política. En el suelo ucraniano se encuentra en conflicto, la hegemonía norteamericana con la de los nuevos actores mundiales cuya emergencia y consolidación han transformado el orden internacional. La política expansionista de la OTAN, hasta ahora jamás había sido contestada, y por ello, la incursión rusa da cuenta, entra otras cosas, de los profundos cambios geopolíticos que tenemos en frente. Hasta que sucedió, esto no era imaginable.

El declive del imperialismo norteamericano es más que evidente, la OTAN no es ya la organización todopoderosa que contaba con poder militar ilimitado y sin contrapeso. Rusia y China han desarrollado su armamento, su tecnología y su economía a un nivel suficiente para poner en cuestión y contra las cuerdas al imperialismo. Si en tiempos pasados, tanto Rusia como China tenían posiciones equidistantes hacia las truculentas operaciones del eje imperialistas, nuevamente, los intereses de ambos bloques están enfrentados, pero en una nueva dimensión.

Volvamos a Ucrania y al Donbass. Allí, como en muchos otros paralelos del mundo, la mano norteamericana propició un golpe de Estado e instauró un régimen reaccionario. El llamado Euromaidán que irrumpió a fines de 2013 y derrocó a Yanukóvich a comienzos de 2014 no fue otra cosa que la articulación de la mano norteamericana con el fascismo local, aunque aun hoy se habla de su disfraz de “revolución liberal”.

El ascenso de Petor Poroshenko al poder inauguró un período oscuro en Ucrania, caracterizado por la incorporación de la militancia fascista al Estado y su utilización para-estatal. Es justamente la persecución étnica y política de la ciudadanía de lengua y cultura rusa, comunistas, gitanos, judíos y diversas minorías donde se asientan buena parte de las dimensiones del conflicto que vemos hoy. Es imposible omitir estos hechos en cualquier análisis serios, pero lamentablemente es lo que más se ha hecho. Es esta brutal represión, cuyo dato más espantoso es el incendio de La Casa de los Sindicatos de Odesa, lo que precipitó el separatismo de Crimea y la declaración de independencia de las Repúblicas del Donbass sobre la base de las milicias de resistencia contra las agresiones estatales. Los acuerdos de Minsk se hicieron necesarios por estas razones y, aunque no avalaban la separación, sí reconocían la autonomía de Doneskt y Lugansk, jamás fueron respetados por el nuevo régimen ucraniano; hasta aquí, el cuadro nunca dejó de ser una guerra civil, con momentos de relativa calma.

La población del Donbass no es “prorrusa”, como se dice, en el sentido de adictas a Putin. Se trata de personas de ascendencia y cultura rusa, producto de la integración de Ucrania en las ex repúblicas soviéticas, así como de la historia compartida producto de la proximidad fronteriza. Desde el nacimiento de las repúblicas hasta hoy, el Donbass ha ensayado constituciones y medidas antioligárquicas en pos de su autodeterminación, así como han confluido allí internacionalistas de variopintas latitudes, que se han unido en la lucha común contra el fascismo. Poco se dice de que previo a la incursión rusa, las Repúblicas pidieron su intervención, al no encontrar otra salida frente a la ofensiva ucraniana.

En síntesis, estamos ante un proceso histórico complejo, donde la manipulación de la información es pan de cada día. En el cuadro histórico, la incursión rusa era inevitable, así como también que la población del Donbass asuma su defensa. No es así el caso de la intervención norteamericana, puesto que el presupuesto de entrada era justamente evitar su expansión geopolítica y militar hacia la frontera rusa, y de cualquier modo, el pacto con fuerzas neonazis y fascistas es completamente voluntario. A nuestro juicio, eso último es lo que debiese conmocionar a la humanidad, puesto que lo que hoy vemos en Ucrania no son más que los resultados de la alianza entre el imperialismo norteamericano y el fascismo ucraniano. No en vano, en diciembre de 2021 Estados Unidos y Ucrania fueron los únicos dos países que se opusieron a la prohibición de la glorificación del nazismo en la ONU.

Ante todo este escenario, no podemos permanecer, ni impasibles, ni neutrales.

Desde Chile, nuestra posición es por la paz para los pueblos de Ucrania, Doneskt, Lugansk y Rusia. No obstante, nos negamos al simplismo de que la salida de las tropas rusas de Ucrania instaurará un período de paz duradera así como así. Esta solo puede concertarse sobre la base del reconocimiento de Ucrania como un país neutral frente a las potencias, eso quiere decir, mantenerla fuera de la OTAN. A quien le interese la paz, debe interesarle también que no se continúen expandiendo los cercos de mísiles nucleares y la industria armamentística en general. Así mismo, con respeto del derecho a la autodeterminación de las Repúblicas del Donbass, sea este en forma de autonomía dentro de Ucrania, de Repúblicas independientes, o de Estados de la Federación Rusa.

Si se compromete la paz, pero no considera estos nudos del conflicto, habremos de esperar poco para que inicie otra guerra, entre Ucrania y Rusia o entre la propia población que habita Ucrania, y el mundo no requiere nuevos derramamientos de sangre. Una paz duradera solo es posible sobre la base del reconocimiento del derecho a la autodeterminación de las Repúblicas del Donbass y del retroceso de los intereses estadounidenses en la región euroasiática.